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Fancy
Información del Capítulo
Libro

Triple Moon

PDV

Molly Overbrook

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Fancy es el capítulo 2 del libro Triple Moon

PersonajesEditar

CapítuloEditar

Mientras se besaba con Leo Fairbanks en la parte de atrás de una limusina rentada, Molly Overbrook, revisó no tan subrepticiamente su teléfono por encima del musculoso hombro de él. Sus publicaciones volaban con el frenesí de la alta sociedad que siempre marcaba el inicio de la temporada de verano. Sus amigos estaban publicando desde hidroaviones privados, mientras saltaban de Sint Marteen a San Barths, desde yates privados en Newport y desde villas en Lago de Como y la Costa Azul. Cada imagen enviaba una corriente de celos que recorría el hermoso rostro de Molly. Ella odiaba a sus "amigos."

Molly no se dirigía a ningún lugar remotamente guay. Por el contrario, iba de camino al pueblo más soñoliento de la costa este. A hacer de niñera. Y para ser dictada por una vieja amiga de su Papi llamada Ingrid Beauchamp acerca de como no abusar de su magia. Como sea. Ella nunca se había sentido tan indignada antes. La vida era tan injusta.

La imagen más irritante en su página mostraba a unos vampiros en bikini del Duchesne, una escuela preparatoria rival de Headingley en el Upper East Side, donde ella y Mardi acababan de terminar un desastroso pero perversamente divertido segundo año. Los vampiros del Duchesne estaban en una playa caribeña de arena blanca, blandiendo cócteles exóticos, cada uno de sus cuerpos una perfección reluciente. Los vampiros podían comer lo que quisieran y no ganar ni una onza. El famoso metabolismo Sangre Azul. Un montón de socialités esbeltos. Para las brujas no era así. Una bruja podía ponerse tan flácida como un mortal si se descuidaba. No había justicia en esta Tierra. Molly despegó sus brillantes labios de la boca de Leo y suspiró.

"¿Qué?" Leo se alejó unos cuantos centímetros y la miró a sus oscuros ojos. Él era el chico más sexy de cierta parte en todo Nueva York, y se dirigía a su casa de verano en East Hampton. Cuando ella y Mardi discutieron esta mañana sobre la insistencia de Mardi en conducir a North Hampton en ese ridículo auto viejo, que ni tenía baúl—es decir, no había espacio para las tres gigantescas maletas Louis Vuitton de Molly—En una de sus rabietas, Molly marcó y ordenó una limusina del servicio Uber. Después, le envió un mensaje a Leo y le ofreció dejarlo de camino a su casa en Lily Pond Lane, así le evitaría tener que tomar el tren pero sobre todo porque la idea de estar a solas con sus pensamientos en un auto durante tres horas era insoportable. Por supuesto, Leo, el campeón del equipo de tenis universitario en Headingley, no dejó escapar la oportunidad. Con su exuberante melena oscura, fascinantes ojos oscuros, curvas esbeltas, vertiginoso escote, y estilo impecable, nadie podría resistirse a ella. Ella y Leo habían estado saliendo y rompiendo toda la primavera, aunque su interés estaba decayendo bastante rápido. Los chicos eran como zapatos. Una vez que los comprabas y te los ponías una o dos veces para que todas tus amigas los vieran y se sorprendieran y se maravillaran, la emoción prácticamente se acababa. Leo era increíblemente lindo pero era tan de la temporada pasada. Podías aferrarte a un chico como él por un tiempo sólo porque era de alta calidad. Pero, una vez que la emoción de la conquista se pasaba, era hora de ir de compras de nuevo. Una nunca está tan emocionada por un par de zapatos desgastados, ¿o sí?. Ante esta imagen de zapatos desgastados, Molly arrugó su nariz de botón respingada. Ella jamás entendería como su hermana podía vestir esas andrajosas, y malolientes ropas usadas. ¿Qué trataba de probar Mardi?.

Como si hubiese sido invocada por su pensamiento negativo, una publicación de Mardi apareció en la pantalla de Molly. Una foto de los labios fruncidos de Mardi con ese labial rojo cereza que le gustaba, junto con una correa de ese sujetador de leopardo que había birlado de alguna de las zorras de los antiguos romances de Papá. Asqueroso. Mardi había escrito un mensaje quejumbroso pidiéndole a su gente que no la olvidaran durante el verano, Patético. Para el final del verano, la mayoría de los supuestos amigos de Mardi habrían tenido sobredosis o serían expulsados de rehabilitación. No habría nadie para recordarla de todos modos. A pesar de su irritación, Molly no pudo evitar sentirse un poco reconfortada al ver el fantasmal anillo de oro rosa flotando por encima de la boca de su hermana, el anillo que sólo ella podía ver. Las gemelas compartían un lenguaje secreto que podría serles útil en las lejanías del East End. En algún momento, puede que ellas sólo necesiten apoyarse la una en la otra.

Ella jugueteó con el anillo en su dedo, el modelo físico de la imagen que flotaba secretamente a través de las publicaciones de las gemelas. El anillo era cálido y luminoso, sus ranuras en forma de diamante gratamente desgastadas, como la cara de una anciana amable. Ella y Mardi intercambiaban el anillo entre los dedos medios de sus manos derechas. El intercambio era casi inconsciente y totalmente pacífico. En todos los demás aspectos de sus vidas, desde quien tenía más cereal en el tazón en el desayuno o quien controlaba la lista de reproducción en una fiesta o cual de las chicas conseguía más atención de Papi, las gemelas eran ferozmente competitivas. "No es justo," era su constante refrán. Pero cuando se trataba del anillo, el cual habían compartido desde que tenían memoria, simplemente no había ningún problema. Se desplazaba entre ellas. Y tenían un entendimiento tácito de que una de ellas lo tendrá consigo todo el tiempo.

Frustrado por la distracción de Molly, Leo miró también el teléfono. "Wow," dijo él. "¿Esa es Mardi? ¡Se ve sexy!".

Pinchada por los celos, Molly lo jaló y lo besó apasionadamente.

"Vaya," él rió, disfrutando de su pasión después de la sesión de besos tan sosa de antes. "Nunca te había visto tomar nada tan personalmente."

Molly se abstuvo de responder, y en su lugar lo arrinconó con un beso lleno de ira. Metió su lengua en su garganta y la mantuvo allí hasta que la limusina se detuvo enfrente de la casa de diez millones de dólares cubierta de enredaderas de su familia. Sintiéndose confiada de que había borrado cualquier tipo de impresión que su hermana haya podido haber causado en su novio, Molly lo despidió. Él se tambaleó sobre su extenso césped, con la bolsa de la raqueta en su hombro, en un instante, se desplomó bajo el peso de la bolsa. Ella observó, y rió para si misma mientras él se retorcía indefenso en un charco, gradualmente quedándose quieto. Alguien lo encontraría en unas pocas horas y asumiría que tenía una gran resaca. Él no recordaría nada. Hacer que chicos tontos se desmayaran era un deporte favorito de Molly.

A medida que la limusina se desplazaba de nuevo hacia la autopista Montauk, se puso los auriculares y puso su canción. Con la música puesta a todo volumen, le gritó al conductor que esperaba él supiera a dónde iban, porque ella no tenía ni idea de la geografía de East End. Todo lo que tenía era una dirección. Él dijo que el GPS no le estaba mostrando el lugar exactamente, pero estaba seguro de que lo encontrarían. Ella se encogió de hombros. No tenía ninguna prisa por conocer su destino opresivo.

¿Por qué su Papi les estaba haciendo esto? ¿Por qué estaba tan intimidado por el Consejo Blanco? Si el consejo quisiera castigarlas a ella y a Mardi, ya lo habría hecho. Pero su Papi estaba convencido de que esta vez, después de los estragos que causaron en la Preparatoria Headingley y las acusaciones salvajes volando en todas direcciones, la cosas serían diferentes. Si Molly y Mardi no se ponían en forma y usaban su magia "responsablemente"—Aburrido—Papi temía que fueran arrojadas al limbo u otra ridiculez por el estilo. Pero él estaba perdiendo su tiempo preocupándose. Y peor aún, estaba haciéndolas perder su precioso verano desterrándolas a North Hampton, porque ella y su hermana nunca iban a cambiar sus maneras. Nadie podía cambiarlas. No había sentido en intentarlo.

Molly cantaba junto a Iggy Azalea mientras el verde de la autopista Montauk comenzó a darle paso a unas ondulantes dunas doradas. Ella se deslizó por sus publicaciones, mirando para ver si alguien le había dado "me gusta" a la foto que había tomado antes, cuando se le ocurrió que debía poner algo trágico y artístico sobre su próximo destino, un retablo de la naturaleza seguido por el silencio de radio. Los hará preguntarse que pasa. Le dijo al conductor que se detuviera por un minuto, se tambaleó hacia fuera sobre una duna en sus tacones de aguja y tomó una foto a una gaviota. Esperaba que Bret Farley estuviera intrigado, pero hasta el momento no había ninguna indicación de que la había visto—ni "me gusta" ni "favoritos." ¿Por qué le importaba si Bret veía o no su publicación? Ella reprimió una imagen de su cabello rubio claro, ojos azules, y pómulos afilados, queriendo desterrarlo de su cabeza como si fuera zapatos de plataforma del año pasado. Pero su recuerdo la estaba atormentando—¿quizá porqué él fue quien logró escapar? Bretland Farley era como el último par de tacones de diseñador que se habían vendido en su talla. Por un rato puso mala cara en silencio. Luego se puso los auriculares de nuevo.

A medida que la limusina se adentraba en un repentino banco de niebla, el día brillante se hizo brumoso y extraño, y Molly se inquietó por lo que había delante de ella. "¿Ya casi llegamos?" ella se quejó.

No pudo escuchar la respuesta a su pregunta porque sus oídos comenzaron a zumbar con un sonido orquestal. Era todo un apuro. Ella lo reconoció como el tema musical de una película famosa que a Papi le gustaba. Apocalypse algo. Mientras la orquesta galopaba hacia adelante, haciéndose cada vez más ruidosa, ella imaginó helicópteros y bombas estallando. Se dejó llevar por el momento en una emocionante visión. Entonces fue como si su alma hubiera sido depositada en el otro lado de un sueño. El cielo era brillante de nuevo, todo estaba en calma, e Iggy estaba rapeando de nuevo, jactándose de lo fabulosa que era. Molly conocía la sensación.

"Lo logramos," el conductor gorjeó con alivio palpable mientras pasaban por un cartel de Bienvenidos a North Hampton.

Condujeron a través de pacíficos campos de maíz y patatas, y un huerto de melocotón. Habían pintorescas haciendas que probablemente no tenían aire acondicionado, un bar cutre llamado North Inn, y algunos restaurantes junto a la playa publicitando tarifas locales en pizarras. No había yogur congelado, ni Starbucks. Molly miró desesperadamente a lo largo de la carretera buscando por cualquier marca que ella pudiera reconocer. En este punto, se habría conformado con una farmacia Duane Reade. Pero no había nada. Ella se marchitaría y moriría aquí.

La actividad de sus cuenta se detuvo. Fue justo como Ingrid le había advertido en su correo: North Hampton no estaba cableado para las redes sociales—ni Facebook, ni Tumblr, ni Twitter, ni Snapchat, nada. Podrías enviar mensajes y correos, pero eso era todo. Cuando llegabas a North Hampton, todo tu ser se sumerge en el lugar real, en vez de dispersarse por todo el ciberespacio. "De alguna manera," escribió Ingrid, "North Hampton está fuera del tiempo. Es el lugar perfecto para reflexionar."

En el mismo momento que la limusina de Molly se detuvo delante de una casa colonial frente a la playa, recién pintada de un azul de huevo de petirrojo, con un techo saltbox, frontones blancos, y el estúpido Ferrari de Mardi bloqueando la entrada sin pavimentar. Molly esperó a que el polvo se asentara antes de asentir con la cabeza al conductor para que le abriera la puerta. Ella no quería arruinar su vestido shift de Prada. No podía imaginar que este pueblo se jactara de una tintorería decente. Molly contempló el jardín: unos columpios, una barra de mono en forma de cúpula, y un huerto enorme. Entonces volvió sus ojos a su hermana. Las gemelas emergieron de sus respectivos vehículos.

"Lindo paseo", burlaron las dos en unísono.

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